Contigo hasta el fin del mundo
Son las 4 de la madrugada. No se oye un alma.
Bueno, si, el tintineo de una cuchara en una taza que humea. Es tila. Sole lleva ya tres esta noche.
José, su pareja, salió a las dos de la tarde rumbo a la comida de Navidad de su empresa. Le prometió que esa noche irían al cine.
-Volveré pronto, muñeca, y quiero que estés lista para irnos directamente.
Ella se había emocionado muchísimo. Últimamente, la pasión les había abandonado. José trabajaba mucho, y Sole, refugiada en las tareas de la casa y enganchada a la Teletienda, apenas salía de casa.
Una vez que él regresaba del trabajo no encontraban tiempo para estar a solas, y esto hacía que la mujer se fuese adentrando en una profunda depresión. Por eso, cuando oyó de los labios de José aquella proposición, vio el cielo abierto.
Supuso que como mucho a las 9 de la noche estaría en casa, regresando quizás con cierto olor a pachuli y whisky barato, muestra de haber hecho escala con los compañeros del trabajo en algún local de alterne para tomar simplemente una copa inocente, y por eso ella comenzó a acicalarse sobre las 7 de la tarde. Haría frío esa noche, y Sole se puso contenta porque podría estrenar el abrigo largo color camel que tan caro le había costado.
A las nueve y media ya se vio conforme con la imagen que presentaba, pero José aún no había aparecido. Lo llamó al móvil y estaba apagado. Entonces recordó que le había dicho :
-No tengo mucha batería, así que llama sólo si es necesario.
¡Pero es que en ese momento sí que era necesario! Contrariada, y viéndose compuesta y sin cine, decidió tranquilizarse y sentarse a ver la tele. Un viernes por la noche no hay oferta interesante de programación, y haciendo zapping, se quedó dormida.
Su siesta nocturna duró unas tres horas, pues miró el reloj y marcaba la una y media de la madrugada. Automáticamente, se desvistió y se quitó el maquillaje, poniéndose acto seguido el pijama totalmente desilusionada.
Volvió a marcar el número de José, pero continuaba apagado, y decidió acostarse, siendo en vano este intento, pues no consiguió conciliar el sueño. Los pensamientos inundaban su mente:
-"Esto no puede seguir así, la cosa va cada vez a más, me va a doler pero tengo que poner el punto y final. Cuando llegue lo dejaré pasar, pero mañana hago las maletas y me voy a casa de mi hermana."
Su mente no paraba de luchar contra la situación, buscando respuesta al por qué una relación tan idílica en un primer momento podía volverse catastrófica con el paso del tiempo. Se levantó, vencida por el insomnio, y se hizo una tila. Se sentó en el salón, y puso la Teletienda, su sedante televisivo. Anunciaban un pelapatatas, ¡qué original!
Ya eran las tres. Se preparó otra tila, y mientras se la bebía, marcó de nuevo el teléfono de José. Nada, apagado.
Se sentó de nuevo en el sofá, mirando al infinito, y cuando dieron las cuatro, fue a por su tercera tila. Al borde de la desesperación, comenzó a rebuscar en la agenda de José el teléfono de algún compañero. El problema es que no sabía los nombres de ninguno de ellos, y no había ninguna reseña clara del tipo de relación que su marido tiene con los contactos que aparecían apuntados.
Pero en ese momento, sonó el teléfono. Sole pegó un respingo y le dio un vuelco el corazón. El timbre del inalámbrico había roto el silencio sepulcral que reinaba en la casa. En el identificador de llamadas, un número que no le era familiar.
Cogió el aparato con miedo, y cuando descolgó, una voz femenina preguntó:
-¿Soledad Álvarez?
-Sí, soy yo.
-Buenas noches, perdone que le moleste. Le llamo del Servicio de Traumatología del Hospital Clínico. Su marido, José Luis Mendoza, ha sufrido un aparatoso accidente y se encuentra ingresado en estado crítico en estos momentos... ¿Hola?, ¿Soledad?, ¿Sigue usted ahí?...
Sole se había quedado muerta en vida, pero cogió de nuevo el teléfono, y tras las indicaciones de la mujer del hospital, se vistió, se montó en su Ford Ka y se dirigió hacia el recinto hospitalario, con tan mala suerte que, en un cruce que ella nunca se saltaba, pero que por la hora que era no creía que fuera a tener problemas, lo hizo, y fue embestida por un todoterreno que dejó su coche hecho amasijos.
A partir de ahí, y durante la agonía de Sole, en su mente sólo atisbaba la imagen del día de su boda, y escuchaba a José desde lejos:
-Tranquila, muñeca, ya estamos en casa.